miércoles, 20 de febrero de 2013

Simeón Torrente o el arte de reir de la pobreza

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Reseña de:
Don Simeón Torrente ha dejado de... deber
Autor: Alvaro Salom Becerra
Editorial: Oveja Negra, Bogotá, 1985


158 páginas (es cortico búsquelo y léalo)

Muy bonito es cuando uno se encuentra con un libro bueno escrito por alguien de su terruño; más bonito aún cuando ese libro no solamente es divertido y de sabrosa lectura, sino que explica a través de su ficción los enrevesados caminos por los que hemos llegado a ser este territorio de mentiras y de tristezas; pero mejor aún cuando estas tristezas se convierten en broma, en risa sardónica frente a la repetición continua de injusticias que nos explican.

Es el caso de la desconocida novela que me encontró en estos días y que relata la historia de un hombre cualquiera, un heredero de pobrezas y deudas como este Vagalis que les escribe. Bien lo dice Álvaro Salom Becerra en su prólogo cuando advierte que su novela trata “de un hombre mediocre, adocenado, del montón; de los que viven y mueren sin dejar huella; de los que no merecen “un supremo honor ni una suprema ignominia”. En la mejor tradición de la novela picaresca esta novela pretende demostrar que “en todas las situaciones de la vida, por dramáticas que sean, hay aspectos jocosos y en los actos de todo hombre, por solemne que parezca, hay un fondo de comicidad,” todavía más en una novela ambientada en la capital del país más ridículamente trágico del mundo.

La novela transcurre en la primera mitad del S. XX en medio de una ciudad creciendo de manera desmedida y acrecentando su miseria con enviados del resto del territorio nacional. Pone el autor buen cuidado en trazar continuamente un paralelo entre la vida de su protagonista y los acontecimientos políticos y económicos que marcaron el país, así, vemos pasar por sus páginas personajes ilustres como el Doctor Olaya Herrera “Flaco, alto, frío, rubio, mayestático, autoritario. Oyendo un discurso suyo, pronunciado con una voz que parecía que saliera del fondo de la tierra, se tenía la sensación de que lo había dicho todo; leyéndolo, al día siguiente, se llegaba a la certeza absoluta de que no había dicho nada.” O comprendemos, alumbrados por sus páginas, momentos decisivos de la historia nacional donde, por ejemplo, “El pueblo soberano (…) creyendo que se trataba de elegir Presidente de la Academia de la Lengua , lanzó a las candidaturas a don Marco Fidel Suarez , clásico del siglo de oro, que suplía su impericia en el arte de gobernar con un estilo insoportablemente perfecto y del Maestro Guillermo León Valencia, cuya inexperiencia administrativa estaba compensada por una enciclopédica cultura literaria una inagotable y parnasiana vena poética.”

Como tanta gente en mi ciudad el protagonista de la novela más que vivir padece de haber nacido, y más que pertenecer a la sociedad civil sostiene su calidad de “hombre civilizado” como una cruz que sólo podrá abandonar con la muerte, sin embargo va descubriendo a lo largo de su desafortunada vida las armas con la que muchos nos defendemos de este modelo social agobiante, el humor, la risa, y la e (en el arte, en la vida eterna, en la bareta, en la revolución...). Y a través de su vida imaginada que por ser de tantos es tan real Simeón nos ayuda a pasar el rato y a burlarnos un rato de nuestras tristezas.

Ya tengo un nuevo Santo a quien rezarle en el cielo: Simeón Torrente, otro hombre que lucho toda la vida para poder dejar de deber.


Nota motivadora: Son descritos en la novela dos métodos para escapar de los acreedores, uno menos redical que el otro pero los dos igual de efectivos.
 

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