viernes, 5 de septiembre de 2014

Viaje por la Colombí (Tercera entrega)

866.345 negros esclavos sacrificados gracias al padre De las casas, para construir a Cartagena, esta ciudad careta con vergüenza propia.Ciudad dividida y elitista, nadie quiso llevarme a conocer los famosos Picós donde bailan los cartageneros de verdad porque todos decían que mataban a cualquier rolo, no pude bailar con ninguna cartagenera porque la entrada a las discotecas en el centro històrico es carísima y nadie te quiere llevar a las otras zonas de rumba porque dizque son muy peligrosas. Las raíces de lo popular son humilladas continuamente en Cartagena, a duras penas sobrevive el folcklor y los folckloristas como productos de entretenimiento para los turistas que ni saben apreciar, ni bailar, ni sonreír, tocan las orquestas la cumbia y el mapalé para un montón de gringos sentados y aburridos mientras los cartageneros se estallan los oídos con la champeta que cada vez es más repetitiva y más parecida al reggaeton... una tragedia.

Persiste sin embargo la pasión del pueblo costeño, del vallenato con el alma en los labios y la champeta bailada a cuerpo partío en donde, desde el cuerpo se mantiene viva la verdadera sangre y tradición de nuestra población afro. Amo la pasión del pueblo costeño sus maneras desmesuradas de odiar y de amar, ese extraño vigor contagioso, como una inyección de jubilo que te entra con sólo ver pasar esa negra que lleva el oleaje en sus caderas; y por eso es aún más triste  ver tanta miseria, tanta hambre, tanta drogadicción en Cartagena, tanto clasismo y tanto racismo en sus dirigentes.

Esta tristeza se fue ahondando y matizando mientras seguía mi camino por pueblos como Tolú y Coveñas, dedicados casi exclusivamente al turismo y a la pesca. La situación de inseguridad que vive Tolú es terrible, la gente casi ni se atreve a salir de noche pues los mismos jóvenes pobladores se pasean  por las calles con patecabras esperando cualquier oportunidad para robar y asaltar...todo está corrompido por el microtráfico y por la costumbre ya arraigada de no hacer nada productivo, nada creativo... sólo esperar la temporada para vender truchanías (pseudoartesanìas) y robar a quien se deje...

Seguí mi viaje por nuestro Caribe entrando al Urabá, el tristemente famoso Urabá, probablemente la zona del país más golpeada por el paramilitarismo, zona de control total del gran capo Alvarito donde las fuerzas fascistas llegaron a presidir todas las instancias del poder; como es el caso de la Universidad de Córdoba en la ciudad de Montería donde  el rector y los decanos eran impuestos por los paracos y donde fueron asesinados o enviados al destierro los líderes de las organizaciones polìticas de estudiantes y maestros. Así que estaba ansioso por saber cómo nos recibía esta tierra, ver en qué actitud estaba la gente para recibir arte, en qué andaban los jóvenes por allí...

Fue agradable pues mi sorpresa al encontrar en Montería una ciudad amable que pareciera respirar de nuevo. Por supuesto la pobreza y la precariedad son omnipresentes en la Colombí, pero algún alcalde inteligente hizo construir un malecón a las orillas del río Sinú, y en él corren las Iguanas y los micos saltan de rama en rama por árboles preciosos; las familias se reúnen en las mañanas a hacer deporte y en las tardes los novios se sientan en las bancas a chupar helado y a contarse mentiras verdaderas mientras cantan los papagayos; los jueves y los viernes se reúnen los chicos y las chicas a bailar breikdans con notable nivel. Por la mañana, por la tarde y por la noche, a orillas del Sinú lo pegan los marihuaneros en paz y armonía.

Desde Montería subimos  a las últimas playas del Caribe colombiano: Arboletes, Necoclí, Bocas de San Juán y Turbo; estos pueblos, que hasta hace poco eran prácticamente prohibidos para cualquier viajero por la dureza del conflicto hoy te reciben con los brazos abiertos, con sus plazas reconstruídas, y con una sonrisa triste pero esperanzada. En los cuatro pueblos la gente, humilde en su gran mayoría, nos apoyaba con lo que podía y nos aplaudía, o simplemente nos sonreía. Qué lindo recordar con esas miradas tristes pero bellas que saben tener algunas negras, dándonos las gracias. Siempre nos íbamos a descansar con poca plata pero con el corazón llenito. Las plazas son todas nuevas, sin ornamentos, sin próceres, como si todo acabara de empezar... o no valiera la pena recordar. Se veían, por supuesto, de vez en cuando pasar las 4x4 con polarizados y los hombres cargados con las gruesas cadenas de su dorado desprestigio, pero no es muy frecuente.

Ningún percance violento nos sucedió en estos pueblos, a no ser por una noche en Necoclí: nosotros estábamos acampando en la playa, Martìn y Kathe en una carpa y yo en otra dentro de un kiosko de un cucho que renuentemente me lo prestaba. Eran como las 2am y dormíamos ya profundamente cuando nos despertaron unas motos (vale la pena anotar que en toda la costa norte les encantan las motos, y todo el mundo tiene una, o quiere tenerla, así sea para hacer los mandados a dos cuadras de la casa) las motos dieron varias vueltas alrededor nuestro para terminar parando en el kiosko donde yo dormía. - A ver, a ver, que salgan de las carpas para ver quienes son, decía uno gritando mientras el otro, también borracho le pedía que se calmara y la cogiera suave, que no gritara, que respetara - Qué va, que antes agradezcan que nosotros los protegemos jajaja, decía el otro; no recuerdo muy bien qué más decían porque estaba que me cagaba del miedo cuando de pronto escucho a Kathe que sale y les dice  - Señores, disculpen, un poco de respeto que nosotros estamos acá durmiendo. Los tipos como si los hubiera regañado la madre empezaron a hablar más bajo y al ratico se fueron.

Los niños de estos pueblos aprenden a rebuscársela desde chiquiticos como sea, recuerdo mucho a un loquito de 8 o 9 años de edad que llegó un día a hablar con nosotros en Necoclí. Vino alegre y curioso a pillar los instrumentos y nos pusimos a conversar sobre lo que habíamos hecho en el día, el niño había preparado el desayuno en su casa (huevos con salchichón y café) había enviado a sus hermanitos al cole y había salido a reciclar, luego había vendido el reciclaje y ahora venía a la playa a esperar la hora del almuerzo, y yo, yo básicamente me había bañado.

Por Turbo y Apartadó terminó nuestro periplo por el Urabá, un territorio que busca su renacimiento a través del empuje de sus mujeres (que son las que estudian porque los hombres se la pasan, en su mayoría bebiendo y hueliando), y del respeto por su tradición y su folckor, bailando bullerengue porro y cumbia. En medio de la pobreza y el abandono del estado el Urabá se reinventa e intenta desprenderse de la violencia paramilitar... la alegría de su gente, y su pasión de raza negra son el corazón de la esperanza.